Entrevista a Graciela Mochkofsky. “Cuando la prensa se convierte en parte del poder, entra en el juego político y puede caer víctima de él”


Nos hemos lanzado a entrevistarlos, pertenecen  a esa generación que vivieron la experiencia  de la vuelta de la democracia pero también de como la sociedad hacía intentos por curarse sus heridas. Llegué a Graciela Mochkofsky luego de la lectura de la biografía de Timerman, actualmente estoy leyendo Pecado Capital, la historia, como dice la autora, de una chica que se queda con la herencia del grupo mediático más importante del país.  Son lo que viene, junto con Casciari, Seselovsky, Stallman o Lucas Carrasco. Desde este blog seguimos preocupados por la forma del futuro. Nos da perspectiva y como dice Graciela Mochkofsky  “los periodistas hemos descubierto que no éramos todos iguales, que no pensábamos igual, que en algunos casos no teníamos nada que ver uno con el otro”. Así y todo acá estamos dándole vueltas a la rueda.

Estos son días en donde, otra vez, la polémica por papel Prensa, el diario Clarín y el papel de los periodistas militantes se pone a discusión. Una discusión que se tiene que volver necesaria pero interesante, ya no hay lugar para chicanas ni carpetas con pasados, estamos obligándonos a no desvirtuar la discusión, esa forma esta tomando esta historia. Y esta muy bien.

 

 

 

 

 

 

 

Graciela, lo primero que quisiera preguntarte es como llegás a Timerman, que cosas te empujaron, originalmente, a investigar el poder y los medios. ¿Sobre que premisas te moviste la primera vez, y que sabias de Timerman antes de la investigación del libro?

 

 

“Timerman” nació de un doble interés: mi interés por Jacobo Timerman, el gran renovador de la prensa argentina de los años 60 y 70, y mi interés por el género biográfico. En realidad comencé al revés: quería hacer una biografía y Timerman surgió como un personaje ideal, porque tenía lo que requiere el tipo de biografía que me interesaba: era un personaje complejo, y su vida mostraba una historia que lo excedía. Esa historia mayor era la de la relación entre el poder y la prensa en la Argentina. El tema me interesaba mucho porque era una parte importante de mi vida: trabajaba como periodista desde abril de 1991 (al comenzar la investigación estaba en Página/12; al terminarla, en La Nación), había comenzado a cubrir política y desconocía todo sobre la relación con el poder político, que me fascinaba. Investigar Timerman y cubrir política al mismo tiempo fue un doble aprendizaje. Además, varios de los principales referentes de mi primera redacción, Página/12, habían sido formados por Timerman, o se habían formado junto a Timerman, y los ecos de su leyenda llegaban hasta mi generación.

En La Revelación, también hablas del poder. ¿Crees que hay en el poder una suerte de “revelación” escondida que solo se comprende cuando se lo tiene?


No sabría decirte, porque nunca he tenido el poder. En todo caso, La Revelación no trata tanto sobre el poder, creo yo, sino sobre la fe y la verdad: cómo se alcanza una a partir de la otra y viceversa.

Escuche que el título de tu último libro “Pecado Original” remonta también a la génesis de cómo Clarín se fue convirtiendo en el diario que es. ¿Cómo crees que sigue esta historia?


“Pecado Original” cuenta la historia de una joven, Ernestina Herrera, que desplazó a la heredera natural de Clarín, la hija de Roberto Noble, y para asegurarse el control total del diario a futuro adoptó dos hijos. Logrado ese control, creó un imperio sobre la base de negociaciones privadas con diversos gobiernos, con la ambición de ser parte del poder y sentarse con los poderosos a decidir sobre las políticas centrales del país. Clarín logra esta relación de iguales con Néstor Kirchner. Pero cuando la prensa se convierte en parte del poder, entra en el juego político y puede caer víctima de él, como sucedió aquí. Cae víctima de su desmesura, y en esta caída se ve obligado a rendir cuentas de todo su pasado.
Claro que Clarín no ha “caído” todavía, en el sentido de que sigue siendo el más poderoso multimedios de la Argentina y que, salvo por el negocio del fútbol, que perdió, la mayoría de sus negocios amenazados por decisiones de los Kirchner están aún en disputa en la Justicia y no está claro cómo terminará ese proceso. Sí es claro que el diario perdió credibilidad en la pelea con el gobierno, y que en Clarín están muy preocupados por un nuevo mandato de Cristina Kirchner.
En los últimos años ha existido una especie de presión para que los referentes clásicos del periodismo marquen su lugar en la cancha y lo hagan de manera explícita. ¿Cómo considerás que se sale de esa disyuntiva? ¿Se puede salirse de ese lugar?
Al declarar que las empresas de medios y los periodistas no eran independientes sino actores políticos interesados, los Kirchner lograron que empresas y periodistas abandonaran toda pretensión de neutralidad y se ubicaran en el oficialismo o en la oposición. Esto era inédito aquí desde que en los 90 se instaló el modelo del periodismo crítico, neutral, de control del poder, el modelo norteamericano (por oposicón al modelo ideológico europeo). Resulta difícil ubicarse en otro lado para los periodistas que hoy trabajan en las redacciones, porque sus empresas les exigen la toma de posición –sea genuina u oportunista. Al mismo tiempo, vivimos una época de libertad y de posibilidades inéditas gracias a Internet y a las redes sociales. Todos podemos tener un medio –un blog, una cuenta en twitter, una revista digital como la que edito con mi colega y marido Gabriel Pasquini desde casa (www.elpuercoespin.com.ar)– sin gastar un peso. Construir audiencias desde allí es mucho más difícil que aprovechar las que ya tienen los medios tradicionales, pero esa es una elección de cada uno. También se puede hacer buen periodismo desde los libros, como intentamos algunos.

En la primera página de “Timerman” haces una de las descripciones más bonitas que yo haya leído sobre el paso del tiempo y de cómo el poder va mutando y lo poco que se puede hacer con eso. Últimamente estuve mirando videos de Menem del 95, del 93 y me parece tan singular ver ahora a ese anciano sin casi nada. ¿Es el único destino posible? ¿Una vez en la cima, bajar a la nada y ya?


Gracias por el comentario sobre la primera página. No creo que haya una única respuesta a la pregunta, aunque la vejez y la decadencia son, según cuentan los viejos, una porquería. ¿Refleja la pregunta una preocupación personal?
En el caso de Timerman, el final fue triste porque era un hombre que sólo se concebía como parte del poder, que es la enfermedad de muchos periodistas –esa fantasía de que, porque se es testigo de la historia, se forma parte de ella de un modo crucial; no es cierto– y estar alejado del poder es fatal para algunos hombres. Pero hay otros hombres y mujeres que han deseado otras cosas y la pasan mejor.

¿Qué opinión te merece la ley de medios? ¿el periodismo militante? ¿el concepto tan apabullante del reclamo de autocríticas desde los más variados sectores?


El reclamo de una autocrítica de los medios y los periodistas es genuino. También nosotros, como otras instituciones, quedamos golpeados por la crisis del 2001. Era un debate pendiente.
Cuando salió “Timerman” en 2003, yo pensé, de hecho, que iba a colaborar en ese debate. Pero no se dio, porque es difícil que los periodistas nos critiquemos a nosotros mismos, hasta que los Kirchner forzaron la situación. Creo que de eso ha salido algo bueno: muchas situaciones, posturas, ideas, han quedado al descubierto. Los periodistas hemos descubierto que no éramos todos iguales, que no pensábamos igual, que en algunos casos no teníamos nada que ver uno con otro. Y la sociedad ha descubierto que los medios a veces mienten, que muchas veces se equivocan, que tienen intereses e ideología.
La ley de medios, como cuento en “Pecado Original”, fue sancionada para perjudicar a Clarín, pero era una ley largamente pendiente, muy debatida por la sociedad civil.
El periodismo militante no es un concepto nuevo, y hay muy buenos ejemplos de periodistas militantes en el pasado, aquí y en otros lados. Me parece un concepto legítimo. Pero cuando el término se usa para disfrazar propaganda, es otra cosa. Creo que el valor central del periodista debe ser la honestidad. Si se aspira a contar la verdad –y todo periodista con experiencia sabe distinguir una verdad de una mentira– y esa verdad es interpretada desde un punto de vista político, ideológico, lo que sea, me parece legítimo. En cambio, si se miente por la causa, eso no es periodismo.

¿Cómo te llevas con las redes sociales? Qué papel juegan, para vos, esta sensación de que cualquiera es capaz de trasmitir una mirada de la realidad, como dijo Ramonet en estos días.


Me parece que el cambio que ha traído al periodismo y a los medios la revolución digital, con toda la incertidumbre que ha sembrado sobre el futuro, es mayormente positivo. Las redes sociales son una gran herramienta, y hay mucha gente que la usa para hacer cosas interesantes. Estoy en Facebook, en Twitter, sigo las noticias también por allí, leo los comentarios en los artículos de los diarios online, y creo que en algunos casos los enriquecen. Que las audiencias hayan retomado poder frente a los medios, creo yo, es algo bueno y los periodistas no debemos temer a la sociedad en ese nuevo rol.

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2 Comentarios

  1. Mochkofsky tiene mucha razón cuando dice que los Kirchner han obligado a revelar que los periodistas no son todos iguales. Los que crecimos en el menemismo veíamos en los medios un lugar de representación de quienes reclamabamos el fin de la corrupción. Fuimos muy ingenuos.
    También me parece interesante que la autora encuentre en la honestidad el valor supremo del periodismo, antes que el rol militante. Es un valor universal, que debería ejercerse en todas las profesiones.

    Muy buenas respuestas de la autora y muy buenas preguntas de Rubén.

Comentario recibido, muchas gracias.

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