Vivir en Constitución


En Constitución nunca sobran monedas porque en cada esquina hay alguien conmoviendo con su pedido. En el barrio donde ocurre todo, a menudo los cobardes manotean cadenitas y se licencian para tomar recovecos oscuros los domingos por la noche.
La autopista y el techo que brindan para los que no tienen auto, la puerta de entrada a los reclamos justos de una sociedad demoledora e injusta.
Las tiendas, los bares y la venta de amor en las calles. Las señoras que recuerdan otros tiempos y los canales de televisión y las mil líneas de colectivos zigzagueando entre las gentes, acarreando y demorando, llevando y trayendo del sistema cual sostén de abultada vieja.
Y el Sur un poco más acá, acá al Sur de los barrios del Norte, donde toman café periodistas y poetas, donde la ciudad nace y se queja, las calles crujen, arden y sobre todo viven. Porque si Constitución tiene algo, es el latido de gente en las calles tomándolas, haciéndolas propias, justificando de alguna forma la distancia, la pequeña distancia que existe entre el centro todopoderoso y el Sur excluido y mortal.
Como todo argentino, Constitución es confuso, es un poco traidor, es un poco sensible y es un poco deshonesto. Como Argentina, al fin y al cabo, el barrio es ambiguo con las dos caras de la misma moneda cayendo siempre verticalmente.
Porque late lo que se quiere ser y lo que se es. Lo definitivo y lo subjetivo y eso hace que uno deje a las personas al margen de lo que son, para vestirlos de personajes.
Constitución es una gran pregunta, una deuda, una esperanza. El barrio fluye gente de acá, de allá, mezclada, maravillosamente mezclada.
Tan porteño como el ego, Constitución es Buenos Aires, la que no duerme, la de los turistas, la de los extranjeros, la de los matices y los colores, el barrio donde las puertas se abren aún con desgano, pero las puertas se abren y uno deja de prejuzgar porque Constitución te muestra casi todas sus caras y ahí es donde la mayoría juzga hasta que se cansa y las minorías hacen hasta que las entienden.

El barrio de los conflictos de los trenes que no salen, de la gente yendo a trabajar, somnolienta y cansada, el barrio de Borges y Bioy encadenados a una idea, el barrio transición.

.Y las paredes pintadas y los policías en las esquinas, y el 62 a toda velocidad por Pavón y las historias que se amontonan en los muertos de frío o de calor. Muertos a veces y la mujer que me dijo que hasta pronto, y la mano que me tendieron para recordarme ¿por que? Mientras como casi todas las tardes, alguien juega a la rayuela muerto de frío, temblando de hambre y recordando que mañana para ellos, siempre es tarde.

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