Super Estrella


Una mujer embarazada va sobre una mula. Un hombre, estoico, camina al lado. Ni Marcos, ni Juan, ni Mateo, ni Lucas, lo mencionan pero debe haber sido un viaje silencioso. La procesión iba por dentro, por las calles laterales del pecho, evitando a cualquier precio cualquier esquina visible de la cara o del tono de voz. El hombre repetía la escena en su cabeza. La cara sonriente de su esposa, las palabras: un hijo. Era como pasar la mano por madera recién lustrada. Ni Marcos, ni Juan, ni Mateo, ni Lucas, cuentan qué palabras exactas usó la mujer para aclararle que todo bien, pero que no era suyo. Después vino la explicación: que primero la visitó una paloma, que después un ángel. “Angel, ¿el de acá a la vuelta?”. “No, un ángel, me dijo que el Espíritu Santo…”. “¿Santos? ¿El de la panadería?”. Debe haber sido una charla larga.

El hijo crece. Declara su adolescencia escapándose de la casa. Lo encuentran. Lo retan. En su defensa el joven trae a colación el tema de la paternidad, mocoso de porquería. Ni Marcos, ni Juan, ni Mateo, ni Lucas cuentan mucho más sobre esa época. Suponemos una vida un tanto opaca como el polvo que se levanta cuando se intenta barrer viruta en pisos de tierra. Le salta la ficha a los treinta tres. Es lógico. Ni Marcos, ni Juan, ni Mateo, ni Lucas lo dicen pero seguramente estaba la mirada un tanto lastimosa de parientes y vecinos, el grandulón todavía viviendo con los padres. Nunca le conocí una novia, acotó, tal vez, la bífida lengua de una tía. El hijo se va. Agarra para el lado del puerto. Convence a varios, con la hasta ese momento desconocida habilidad para caminar sobre el agua, de que lo sigan. Logra juntar a doce. Se hace popular entre putas, leprosos y los muertos que revive. Es el alma de cualquier fiesta, sobre todo en casamientos. Como Cucho y los Auténticos Decadentes, pero con túnica. En determinado momento descubre que, como en todo pueblo chico, no hace falta hacer mucho ruido para convertirse en una molestia. Las autoridades, recelosas, lo miran a la distancia, esperando que se equivoque fiero, que la pifie, para aplicar la ley, como corresponde.

El resto es historia conocida. Al tipo lo crucifican. El acepta todo porque dice que le dijeron que ése es su destino. Lo matan. Pasa tres días en el infierno pero, maldita sea, ni Marcos, ni Juan, ni Mateo, ni Lucas, dan más detalles. Después, resucita. Deja un par de instrucciones y vuelve a partir. Esta vez, al cielo, sin escalas. Ni Mel Gibson lo dijo pero es lógico suponer que él todos los días se pregunta, analizando el estado de las cosas, si realmente era necesario tanto sacrificio, o lo que es peor, si fue suficiente. Le cuesta un poco aceptar, quizá, que su legado es una pequeña y plástica decepción que nada entre confites de colores dentro de un huevo de chocolate.

De acá
El Perro

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