MUERTES MAYAS


Se murió oficialmente Sábato. Y Osama, cuyo final sintetiza el nuevo modo de ver el mundo.

De pronto dice mayo. En calendarios, en todas las páginas de todos los diarios, en las escarapelas, en el otoño dice mayo y debe ser que es mayo: de pronto, tan callando, mayo. Ed è subito sera. Mayo es el año que se dobla: que todavía no terminó de empezar y ya empieza a terminarse. Detesto que sea mayo –tan de pronto.

Pero no sólo mayo: corren, una vez más, días en que la muerte deshace las razones. De distintas maneras, varias muertes. Se murió oficialmente Ernesto Sabato (el último día de abril) y todos, ahora, dicen qué bueno era el finado. Los responsos hablan poco de él como escritor: es lógico, porque hace cuarenta años que no escribía un libro, porque hasta los que lo defienden dicen que llevan décadas sin leerlo, porque su único libro que todavía importa es el que no escribió. Entonces lo recuerdan como ejemplo del intelectual que participa. Entre las numerosas confusiones contemporáneas destaca la que supone que participar es bueno en sí, que militar es bueno en sí: no importa qué, importa cómo.

Sabato, poquito, solía participar: profetizaba sombras, preanunciaba Lilitas. Alguien dijo alguna vez de él que no era lo mismo ser profundo que haberse venido abajo: era optimista, suponía un arriba. Pero nadie critica a los muertos cuando tibios: ahora los diarios hablan de intelectual, dicen conciencia, citan su libro que todavía alguien lee. Es el que no escribió, decía: Nunca más. En ese libro ajeno, Sabato sólo puso aquel prólogo donde dejó sentadas tres ideas –eran ideas tan sentadas centrales de la época. Para empezar, sabemos, los tan santificados dos demonios: “Durante la década del ‘70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”, empieza su textículo.

Y explica, enseguida, sentando otra de esas ideas, que la violencia militar fue la respuesta a una violencia previa a la que “las Fuerzas Armadas respondieron”. Sábato esforzadamente olvidaba que había una violencia previa a la violencia previa y una violencia previa a la violencia previa a la violencia previa, que si muchas personas decidieron pelear no fue porque no tenían nada mejor que hacer esa tarde sino porque la sucesión de golpes y matanzas de esas mismas “fuerzas armadas” los habían convencido de que no había otra manera.

Y, por fin, la última idea que Sabato sentó en esas líneas breves: que “las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”. Dejemos a un costado los gerundios; la idea es, una vez más, presentar la democracia como impoluta inmaculada: el Estado secuestró torturó y asesinó sólo después del golpe, dice, olvidando los cientos de secuestrados torturados y asesinados de aquella democracia peronista.

Mayo y sus muertes nuevas. La otra, este mayo tan breve todavía, es la de Osama, el hijo de Laden: la teoría del demonio solo. Si hay un terrorista, todo se justifica: nada más útil estos tiempos. La muerte de Osama fue la síntesis de ese nuevo modo de mirar el mundo, del modelo los protegemos cueste lo que cueste –control y cañonazos. Primero los militares USA consiguieron con sus torturas en Guantánamo –que Obama prometió detener y no detuvo– los de un correo de Osama. La tortura sirve: a Obama para encontrar a Osama, a los militares argentinos para imponer su idea.

Después los USA vigilaron el lugar durante meses con satélites espías y al final decidieron entrar a sangre y fuego: lo mataron. La muerte sirve: a Obama para ganar millones de votos, a los militares argentinos para reformular este país, a Sábato para volver a circular un rato y ser tan bueno.

Así que ahora USA celebra: nadie lo sintetizó mejor que un basquetbolista que tuiteó –sí, tuiteó– que nunca había visto tanta alegría por una muerte desde la muerte de Hitler –que no había visto. Algunos explican la alegría: los diarios rebosan de historias de deudos de las torres que dicen que por fin pueden vivir tranquilos. Esa muerte aquieta a sus muertos, les mejora las vidas; la venganza es un plato que se come y se sigue comiendo, y creemos en él como en tantas otras hamburguesas. Es tan bonito ver cómo, muy cada tanto, el mundo se saca de encima inhibiciones y tabúes y celebra una muerte: es alentador, no todo es corrección política; en estos días sí hablan los que hablan.

Una muerte puede hacer alegría, una muerte puede ser más que hipocresía, una muerte puede ser lo que es: un cambio que algunos sufren, otros acarician.

Son unas muertes, mayo: tan esperados, inesperados, tan brutales.

MARTIN CAPARROS

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