Cuando le gané a Graciela (La Columna de De la Rua en Perfil)


La democracia reposa en los partidos políticos. Estos dependen de un sistema de participación para elegir sus autoridades y designar sus candidatos. Ese sistema debe ser, por esencia, también democrático, fundado en el voto de los afiliados. Fue desvirtuado muchas veces: en vez de consultar la voluntad de éstos se imponía la voluntad del dirigente, el dedo del caudillo.

Rigieron dos métodos: 1) el indirecto, en el que un congreso o asamblea partidarios, cuyos integrantes son elegidos por los afiliados, nomina autoridades y candidatos; 2) la elección directa en la que los afiliados votan directamente por ellos.

Aún se recuerda el origen de la división del radicalismo cuando en 1957 la Convención Nacional, reunida en Tucumán, designó la fórmula Frondizi-Gómez, mientras Ricardo Balbín la impugnaba reclamando elecciones directas. El final fue la división. Desde entonces la UCR del Pueblo, luego otra vez Unión Cívica Radical, aplica el principio de elección directa.

El justicialismo invocó siempre la verticalidad como acatamiento a su líder máximo, Juan Domingo Perón, quien aprobaba previamente las listas de candidatos. En 1972 fue un Congreso partidario el que eligió la formula Perón-Perón, con Isabel Martínez de Perón como vice. Pero la competencia entre Menem y Cafiero se resolvió por elección directa. Se daba por seguro el triunfo de Antonio Cafiero, gobernador de Buenos Aires, el distrito más poderoso del país, pero cuando Menem obtuvo 15 días de prórroga para el comicio tuvo tiempo de recorrer el conurbano y volcar el resultado a su favor.

A eso se sumó una tendencia creciente: permitir votar en las internas a los no afiliados. Es una forma ampliada de la participación y la base democrática de los partidos. Empezó por distritos: la aplicó la UCR en Córdoba. Luego la permitió la Carta Orgánica Nacional y se extendió a otros partidos. Sigue el ejemplo de algunos (no todos) estados norteamericanos donde hay elección interna popular o abierta. Ahí se señaló, sin embargo, que a veces los de un partido concurren a incidir en la elección del otro para discriminar los candidatos. Eso se temió aquí también pero nunca ocurrió: a lo sumo alguna ayuda menor de grupos sindicales organizados. Para evitarlo había que prohibir el voto de quienes figurasen en el padrón de otro partido, pero era algo de difícil control.

El mejor remedio eran las elecciones simultáneas: cada uno iría a las urnas de su propio partido político. Libres estaban los no afiliados a ninguno cuyo concurso era deseable, y que no debían votar dos veces. Sin embargo no habían superado, en el mejor de los casos, el 20% de los votantes. El siguiente paso sería el voto simultáneo pero además obligatorio. Es lo consagrado por la nueva ley vigente que se aplicó por primera vez este domingo.

Conspira contra ella que por la fuerza de los hechos y la vieja cultura, cada partido llega con sus candidatos principales (a presidente y vice y gobernador) ya elegidos, con lo que los comicios se convierten en una encuesta abierta pero no en un modo de selección, salvo para los cargos menores. Una falla se debe a la poca distancia entre la interna abierta obligatoria y la elección general: cada fuerza precisa tener el candidato con más antelación porque son pocas las posibilidades de una candidatura de tan corto andar.

Lo demás vendrá con el tiempo, cuando la nueva cultura se instale en la conciencia de los ciudadanos.

Personalmente, intervine en varias elecciones internas resueltas por voto directo dentro de mi propio partido, la Unión Cívica Radical. Fui elegido candidato a senador en 1972 para la elección que gané el 15 de abril de 1973. Después, en 1982 perdí a manos de Raúl Alfonsín a cuyo favor resigné la candidatura presidencial después de los claros resultados para elegir autoridades donde sus listas ganaban.

Cuando se constituyó la Alianza, Graciela Fernández Meijide, gran señora, y yo mismo entonces jefe de Gobierno de Buenos Aires, aparecíamos como principales candidatos. El tema dirimente fue cómo elegir el candidato a presidente. Era la gran dificultad, al punto de que una vez el doctor Alfonsín me propuso una alternancia: que fuera primero Graciela y yo me reservara para el próximo período, dando por descontado un éxito que nos daría largos triunfos. Chacho Alvarez lo destrabó proponiendo que se hiciera por interna abierta. Aceptado por todos se acordó que el segundo iría como vice en la fórmula y se compartirían equitativamente las posiciones y las responsabilidades de gobierno.

Fue una campaña apasionante. Graciela se prodigó en actos y lúcidos mensajes. Por mi parte, recorrí todo el país, las más de las veces acompañado por una entusiasta Lilita Carrió que llegaba precedida por la notoriedad que le dieron sus exitosas presentaciones televisivas, y otras veces por Pinky, muy queridas ambas en el interior; y todo lo demás con la activa dirigencia local.

Era profusa, quizá excesiva, la campaña por los medios: TV y prensa escrita. Había entusiasmo de ambos lados. La elección era reñida. Gané ese día y recibimos con aplausos en el Comité radical a Chacho y a Graciela. Se aceptó su propuesta de que ella en vez de integrar la fórmula como vice fuera candidata a gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Iniciamos el diálogo con Chacho para que integrara la fórmula presidencial, algo que yo deseaba vivamente. Finalmente aceptó. Pero ésa es otra historia.

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