UNA RESPUESTA (La Columna de Lanata en Libre 17-08)


Los ingleses ven salir chorros de sangre debajo de la alfombra y no aciertan en encontrar un respuesta: exclusión social, minorías étnicas, consumo extremo del mundo neoliberal. Los que dieron vuelta Londres no son solo excluidos o segunda generación de extranjeros; muchos son chicos de clase media, con cierta formación pero sin empleo, favorecidos y victimas del estado de bienestar. “Había una bailarina, una enfermera- dice John Brewer, presidente de la asociación Sociológica Británica A The Guardián -. Si nos fijamos en las personas que están siendo procesadas, no encajan con la imagen de jóvenes alienados, desencantados, criminales. Es un ejemplo de como la gente corriente se ve absorbida por una muchedumbre y pierde sus inhibiciones y reservas habituales. El gobierno tiene que entender que si etiqueta a todos como criminales no va a poder comprender el fenómeno de fondo”. “Hacen lo que hacen porque así se divierten –intenta explicar Schantall, una chica de 20 años de origen Jamaiquino -.A los padres de muchos de ellos no les importa lo que hacen o no lo saben. Tampoco les importa si los dirigentes son corruptos o no. No les importa nada”. “Hay mucha corrupción – dice Tomás Johnson, une estudiante de origen eritreo -.Ya nadie sabe lo que es correcto, muchos sienten que carecen de poder para influir y qe solo tienen que pagar impuestos, pero también es cierto que las políticas de subsidios no promueven el esfuerzo personal de los ciudadanos que los reciben”. Muchos coinciden en señalar la abolía provocada por el sistema de protección social sin contraprestación alguna. Anthony Daniels, medico y psiquiatra de prisiones opina en The Australian: “los niños británicos tienen mas posibilidades de tener un televisor en su habitación que un padre viviendo en la casa. Un tercio de ellos nunca ha comido con otro miembro de su familia. Son, por lo tanto, profundamente antisociales y egoístas. Al crecer, no solo están destinados a desempleo, sino a ser inempleables”. “Una población que cree que tiene derecho a altos niveles de consumo con independencia de su esfuerzo personal – editorializa el City Journal -, y que si no consigue alcanzar esos niveles con los demás lo percibe como una injusticia se ven así mismos como despojados, a pesar de que cada uno de sus miembros ha recibido una educación que a cotado 80 mil dólares. Al contrario: sienten que las subvenciones no son suficientes para permitirles vivir como quisieran.

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