Alejandro Seselovsky, y todos los colores posibles.


En la casa hay una consola de PlayStation, un televisor y una biblioteca con un ejemplar de Trash. Ordenados del uno al tres enfilan la colección de revistas Orsai, hay un vaso con cerveza, un reloj en alguna de las paredes detenido a la una y cuarto, una guitarra y olor a marihuana de varios días. Hay una ventana que da a un pulmón desde donde se escuchan los llantos de un bebé, algunos ruidos de ollas y comentaristas de siesta como la novela, o el noticiero.

– Lo importante es encontrarle el chiste – me dice. Hablamos de su pelea con Martín Caparros, del enojo de Martín para con él por su alejamiento de Crítica, el diario que lo dejó sin ganas de volver a una redacción.  –Ahí fué – me dice como psicoanalizándose, Crítica de la Argentina fue una gran decepción para mí y me fui, eso a Martín no le gustó y se enojó, él me había llevado. El otro día en el CCEBA le pregunté si seguía enojado conmigo y me dijo que sí, después nos dimos un abrazo y creo que empezamos a amigarnos –

Debe ser bueno tenerlo de amigo a Caparros

– Sí,  igual yo chapeó con que tengo mi pelea con Caparros, de eso se trata (fue ahí que lo dijo) Se trata de encontrarle el chiste a todo.  La parte graciosa. Sino la vida se pone muy tensa, sino te perdés.

– ¿Y eso que vendría a ser?

– El Cronista tiene un poco de eso, nada le duele porque todo es nota, con la mentira de que todo es nota. Me están cagando a palos, que se yo, es nota. Es como invertir la carga de golpe, te viene una mala y vos decís, es nota. Es buenísimo.

Por alguna razón hablamos del recital que dio La Mona Jiménez en San Martin hace unas semanas, ahí es donde sale su cronista de adentro, empieza con la mirada y el asombro. Pregunta como si recién llegara de una larga estadía en Suiza, se entusiasma cuando cree ver algo y se le nota. Ese es Alejandro Seselovsky, el pibe que se metió en un Call Center para contar desde adentro para Rolling Stones, el que se fue a ver como se peleaban los skeanhead. El que se zambulló en el mundo de las iglesias evangélicas.  

 Le pregunto por la detención en el aeropuerto de Barajas en donde estuvo 26 horas esperando que lo extraditen por no haber llevado el pasaporte, en una loca idea de Hernán Casciari para  la revista Orsai.

Lo que pasó en España lo conté en un sitio que tienen unos chicos de Chile que se  llama http://www.behindthereportaje.com/ en donde vos contás la crónica de la crónica y yo escribí ahí lo de Barajas  y lo más duro son los viajes en avión. Eso es durísimo. El avión tiene algo que es raro, es un viaje en el que no estás en movimiento, es como un no viaje, entrás en una cápsula y cuando salís estas en otro lugar. No hay una referencia de movimiento. Doce horas quietas a mí se me hace muy difícil. No es la fobia a volar típica sino que es el hastío, el no poder salir del aburrimiento y la impotencia frente al límite. Ya escuchaste todo, ya viste todas las películas y todavía faltan siete horas. Y en ese momento no sé que hacer, lo empiezo a sufrir. Entonces das una vuelta por el avión. Te llevó 3 minutos y medio, entonces restastes tres minutos y medio a las siete horas que todavía te quedan y que parecen siglos. Tres minutos y medio de mierda, no podes hacer nada más, lo único que podes hacer es dar una segunda vuelta, entendés. Empezás a reconocer las caras y cuando haces la decimoquinta vuelta ves en las pantallitas los tipos que están viendo las películas que vos ya viste y  empezás a identificar porque parte van. Es una locura.  Cuando fui y volví de Barajas me tocó la misma película que es la que hicieron de Brigada A, la última, ¿cómo se llamaba el actor?

No tengo la más puta idea.

– La otra es refrescarse la cara en el  baño, una vez en un baño y después en el otro para que no te miren mal. Es horrible, es una angustia, el descanso fue estar allá, allá fue el descanso, el laburo fue ir y volver. Fueron 12 horas de viaje, 26 allá y doce de vuelta. Cuando llegué estaba mi viejo y mi mujer en el aeropuerto y me dicen: “Esta mañana se murió Néstor Kirchner”. Esa tarde estaba en Plaza de Mayo. Ahh! Liam Neeson es el coronel Aníbal Smith.

En la revista Rolling Stones Alejandro Seselovsky publicó una crónica sobre la toma del parque Indoamericano. “Un lugar donde caer muerto” la historia de Juan Quispe. En uno de los párrafos más efectivos del relato el cronista escribe algo así: A veces uno simplemente está ahí y de golpe pasa la historia: no hay forma de hacerse el pelotudo. Y muchas veces la historia es un instante en el que algo ocurre y vos ya sabes que eso se va a quedar ahí, ocurriendo para siempre. Me llevó diez minutos partir una caña larga, otra más corta, levantar de un lote abandonado un poco de cuerda y fabricar la cruz de Cristo. Tuvimos que pedirles permiso a los gendarmes de la puerta para llevarla hasta el exacto lugar donde cayó el cuerpo de Juan Quispe”

-Que pasó después del Indoamericano, no es difícil reconocerte entre las carpas caminando como un descerebrado buscando. Entrevistaste a la mujer de Juan Quispe, uno de los bolivianos muertos.

Después de la entrevista del indoamericano como en otras, me pasa algo que es que me desprendo. A Trash no lo miro, no lo reviso, yo repaso y releo mucho antes de publicar, hasta que no esté bien finito no lo saco, yo quiero que mi laburo salga hecho, redondito, en fecha, punto final bien puesto. Entonces cuando largo eso, no quiero volver porque es volver a un lugar poco feliz que es el de la corrección obsesiva. Me pasó con el Indoamericano, que un poco me lo saqué de encima. Y al sacármelo de encima un poco también me olvide de ella y ella una vez me llamó porque me había dado fotos y entonces me di cuenta que yo me había colgado con ella, entonces me puse a buscar las fotos, se las mande, la sacamos en la radio, la llamamos para que cuente en que había quedado su historia pero sí, un poco me desprendí.

El cronista no quiere volver, sabe que es imposible, toma, roba, se apropia de imágenes que le van a servir, pero no vuelve. El cronista maneja el tiempo, o vive de ese intento. Seselovsky es cronista de su generación, es un producto de su generación.“Por primera vez estoy viviendo un matrimonio hecho  y derecho con la certeza de que es para siempre. Tengo 40 años y estamos  en el gran proyecto, que va a ser la “casa” donde mis hijos van a tener sus amigos de la infancia. Esta etapa nos agarra con nenes que necesitan que estemos y no hay vueltas, nadie te  pone límites como un chico. No pasas. Nada te pone límites tan tajantes y tan drásticos como un chico que sale a las siete de futbol- dice.

“Nada te pone límites como un chico que sale a las siete de futbol”, le cuento a mi mujer cuando vuelvo a casa – claro, por eso Medea mata a sus hijos – me instruye Yarela. Y ahí entendí. “Nada te pone límites como un chico que sale a las siete de futbol”. Y le pregunto por su generación. Si les pasa lo mismo – La imagen que yo tengo de tu generación es la de una banda. 

-Parecemos los chicos de la casa de Gran Hermano que siempre van de un lado para el otro, y siempre estamos los mismos, lo detesto. Nosotros,  “los cronistas”, anda a la concha de tu hermana. Son los cortes que se hacen, que se yo. Va a haber una generación de cronistas que aparecieron que tendrán que ver con la época, habrá que ver en perspectiva. Lo que si quiero decir es que nuestra generación produjo una cantidad de periodistas narrativos, escritores, cronistas, pero  también dejo de producir editores porque, como todos estamos tan preocupados por escribir nadie edita. El editor es el tipo que te publica, el tipo que entiende lo que querés hacer. Es tu socio, es el socio del texto, es importantísimo. En Rolling tuve mi mejor editor porque entendió que los cinco años que yo traía de Gente los podía convertir el Rolling, entonces vino Nazarena, Wanda que eran todos mis temas. Gracias a la mirada de un buen editor que dijo que probemos con Wanda, probemos con Nazarena y vemos que pasa.

Cuando te hablo de editores te hablo de editores de mi edad, toda la camada anterior de editores no es muy auspiciosa, el gran editor de esa generación es Lanata y yo estoy muy decepcionado con él. Nosotros no produjimos nuestros editores, Ernesto Martelli es una excepción, es un tipo que es editor.  El editor de redacción es el que tiene que formar un diálogo, pero nuestra generación tan preocupada por escribir no produjo los editores que necesitábamos. Yo quiero un técnico que sepa de qué quiero jugar y que me entienda mucho. Ahora está el gordo Casciari que es como el tipo que asoma para convertirse en el próximo gran editor, el que vaya a ser lo que viene después de Lanata.  Ojalá Casciari tenga un buen segundo año de Orsai, eso sería una buena. Ojalá sea Casciari el que nos de los espacios.

¿Y por qué pensás que pasan esas cosas? ¿Dónde se fueron los editores?

-Hay un tema que tiene que ver con el pánico a la gestión, quién gestiona, quién va, quién pone los papeles, quién llama, quién pone la plata, todo lo que tiene que ver con la gestión no lo quiere hacer nadie, todos estamos preocupados por escribir.

Ahora Alejandro Seselovsky juega en la radio de 9 a 12 todos los días por radio Belgrano 950. Dice que le resulta fácil hacerlo, eso puede decir de la radio, dice que la gráfica entrena para los medios audiovisuales como ninguna otra cosa. Dice que espera lo que tenga que venir y que desea seguir haciendo radio un tiempo más. Alguna vez se engolosinó con Ricardo Fort y eso lo llevo de vez en cuando al living que arma Fantino, a quién ve como una suerte de Mauro Viale con Gerardo Sofovich y veinte años menos.

¿Qué te cambia con los 40 años?

La perspectiva. Poder mirar en perspectiva, poder ampliar el zoom, hacer crecer la imagen. Puf, de golpe. Ves más.

¿Cómo se termina una nota? Aún no lo sé, en el pueblo en que crecí las historias nunca terminaban, llevo algo del pueblo conmigo siempre, me gusta pensarlo a Seselovsky jugando con el zoom los próximos treinta años, por lo que seguramente habrá más que opinar de él. 

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