La asunción desde casa, desde el teléfono, desde la pc.


Fue mi primera vez en Twitter en vivo y directo leyendo y comentando una asunción presidencial. Fue la primera vez para muchos, creo.

Ahí estábamos, casi todos hablando de la democracia, de los festejos, de las ropas, de los cámaras, del sonido, de las caras de gobernadores asesinos que aplaudían eufóricos, de Alfonsín agitando los anteojos y cayendo en el callejón del olvido en el que lo esperan Cobos y Carrió.
También leí a comentaristas del vestuario, a lectores graciosos e irónicos de la realidad, a quién criticaba al príncipe por estar comiendo en la misma mesa reivindicando una democracia con total desvergüenza del saqueo histórico y cultural. Twitter, o lo que sea que sea que tengamos a mano en esta nueva manera de entender los medios de comunicación y las formas en las que nos vamos moviendo para no parecer más viejos de lo que somos, tira datos como fichines de oferta. Aprendimos que De Vido, hace 24 años que vive de la función pública (supongo que haciendo altruismo a la gestión de una sociedad embargada por la esperanza), que Mariotto será el encargando de imponer en la provincia el traspaso a un peronismo mediático y cortarle cualquier proyecto de regionalización sciolista.
La televisión quedó prendida todo el día, gripe y fiebre me impidieron salir a ver de cerca la fiesta de todos, y como me pasaba cuando todavía iba a recitales, estuve atento a los detalles que se ven cuando te bajás  de la rueda.
Todos los canales mostraron lo que pasaba, ella, Lorena Maciel trataba de ponerle cordura a la búsqueda de pelos en el huevo de Edgardo Alfano en TN y vimos en casa como un muchacho rubito que solía jugar con Esteban Prol en mi primera infancia trataba de imponer atributos de gesta histórica a la fiesta de todos.
Después vino la Plaza y Charly y los gritos y el himno y las banderas y Máximo. La parte más humana de la fiesta, Máximo conteniendo las lagrimas, Máximo recordando otros festejos con la garganta atravesada por una piedra filosofal que le implantaron en el sur. Máximo dejando el juego para las damas, mirando de reojo, no creyéndose la presencia de Él por los rincones, porque si el muerto estaba en la plaza, el muerto era Lupín, su viejo excitado por la gloria y el poder. Su papá enseñandole a ganar, aconsejandole cómo apostar.

El futuro llegó y la pelea con los medios hegemónicos no tiene sentido, ya no tiene sentido porque si hay una revolución posible no va a ser ni silenciosa ni analógica. Todo lo demás es ruido, cantos, gritos que se diluyen en anécdotas que irán creciendo mientras se acerquen las navidades y las sobremesas.

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