Sobre las muertes, la carta de Rodolfo Walsh contando la de su hija.


“En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones”  RW.

ESTA MUERTE

Veo en las redes sociales y por lo tanto lo veremos en los medios masivos de comunicación del fin de semana, el trato que está teniendo la muerte de Iván Heyn, el suicidio, el accidente, el disfrute o el error. Veo que no es una muerte más de un tipo de 34 años vinculado con el poder  porque aparentemente no había razones para esta muerte.

Desde que nos enteramos de lo que pasó no supe que decir, sin dudas la muerte siempre conmueve y asombra. Un suicidio más aún porque nadie sabe como explicarlo y hay aparentes presiones al gobierno uruguayo para que no difunda cierta información que puede comprometer de alguna manera la vida privada de Heyn. Al principio creo que esperaba que fuera un suicidio y no un asesinato o algo así. Estos nuevos indicios sobre la muerte de Heyn y que haya sido producto de hipoxifilía enmarcan la situación con un aura menos trágica.

No supe que decir pero sabía que en este contexto esta muerte me hacia acordar de algo que había leído hace mucho tiempo. Ese algo lo acabo de recordar hace quince minutos, es la carta a sus amigos que manda Walsh explicando y contando como fue la muerte de su hija Victoria. Pensé que podía sumar a la discusión, podría servir para poner las cosas en su lugar y que podamos velarlos, y no novelarlos a los muertos y en paz.

Hay reflexiones y conclusiones que solo se pueden hacer 35 años después o que no se pueden hacer nunca. Lo importante, me parece a mi, es no perderlo de vista, no olvidar el verdadero rol de aquellos jóvenes que marcaron la generación que nos educó a los jóvenes de ahora. Que podamos recordar el dramatismo, la soledad y la desolación de aquellos años sin la ingenuidad de quién lo vive por primera vez.

 

CARTA A MIS AMIGOS DE RODOLFO WALSH

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con fuerzas del Ejército. Sé que aquéllos que la conocieron la han llorado. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió. 

El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era oficial 2° de la Organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron como ella. 

La forma en que ingresó a Montoneros no la conozco en detalle. A los 22 años, edad de su posible ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época comenzó a trabajar en el diario “La Opinión” y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo en sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Cómo tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más. 

 


Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. El último año de vida de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda satisfacción individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarIos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical que era su responsabilidad. 

Nos veíamos una vez por semana, cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizá diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida. 

Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era no hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie. 

El 28 de setiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quién dejada. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes. 
A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político, Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. 

He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto. 

“El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.” 
He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo. 

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego. “De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablamos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. 
‘Ustedes no nos matan’ dijo el hombre ‘nosotros elegimos morir’. Entonces se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.” 

Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró dos granadas. Después entraron los oficiales. Encontraron a una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres. 

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones. 

Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella. 
Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía de ellos es que lo transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte. 

Rodolfo Walsh, diciembre de 1976
Fuente: Ese Hombre y otros papeles personales. Ediciones de la Flor.

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3 comentarios en “Sobre las muertes, la carta de Rodolfo Walsh contando la de su hija.

  1. ¡Por fin un relato de época! Yo tenía veinte años en aquel tiempo y era asi, tal cual. Actualmente se versea mucho como que los Montoneros eran “jóvenes idealistas” medio pavotes, medio artistas, tipo Fito Paez; no, no eran ningunos dormidos: eran soldados, verdaderos soldados.
    Aclaro a Mariana que “Montoneros” no es un apelativo despectivo sino el nombre con bautizaron a su organización política y militar sus propios integrantes.
    Hoy quedan vivos la mitad de sus jefes: Perdía (hoy gomero, ex-esposo de la hermana de Patricia Bullrich), Firmenich (recibido de economista hace un par de años), Galimberti (murió hace poco, a los 52). De la tropa, tiene razón Mariana: murieron casi todos. Hoy muchos la van de ex-Montoneros porque viste bien, pero eran sólo de la JP que era toda Montonera ma non tropo: no integraban la “Orga”, sino que eran “simpatizantes” de “superficie”.
    Aclaro que el Abal Medina funcionario no era hijo del Fernando (marido de Arrostito) sino de un hermano de aquel, pejotista, nacionalista, que esta en la foto del paraguas de Rucci llegando Perón, que hoy vive en México.
    Y por supuesto el inefable Dante Gullo, que cantaba “no somos putos, no somos faloperos, somos soldados de FAR y Montoneros” y ahora esta entusiasmado con el casamiento igualitario (nuevamente tiene razón Mariana, no?).
    A Dios gracias la Guerra Fría terminó y “Nunca Más” tendremos que pasar por aquello que se llevó tantas y tantas vidas, como en el relato de Walsh.
    Lo que no entiendo es al Editor. ¿Cómo pudo vincular una muerte en acción con la muerte del muchacho en Uruguay?
    ¿Qué tiene que ver un (una) soldado con un encunbradísimo funcionario de la comitiva presidencial? ¿Qué relación hay entre el valor, el sacrificio en combate y la depresión niñoriquense o el vicio encriptado en un cuarto de hotel five stars?
    ¡Basta de confusiones! Los Montoneros fueron soldados socialistas, los Kirchneristas son oficialismo con aspiraciones de “capitalismo en serio”.
    Igual, Sr. RM, le pido que no se ofenda y aclaro que disiento, pero le escribo con la pura intención de expresar mi sincero pensar y sentir, respetando su espectacular y realmente plural labor periodística.

  2. Es terrible y absolutamente cierto. La mistica y devocion de los tan nombrados despectivamente “”montoneros” estaba mas alla de cualquier comprension de la actualidad. Nadie q no haya vivido y conocido a algunos de ellos lo puede entender.Por supuesto q hubo casos de cobardia y connuspicencia, pero fueron pocos. Los verdaderos, morian casi todos. Algunos quedaron y siguen con esa mistica aunque los años y sufrimientos hayan vencido su temple no del todo.

Comentario recibido, muchas gracias.

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