Que hacer con la piedad. Un texto de Osvaldo Bazán para que hablemos de justicia.


Por Osvaldo Bazan

La única justicia verdadera es que un chico vaya a un recital y no muera por eso. Y que estudie. Y que juegue. Y que coma. Y que haya alguien esperándolo en algún lado. Y que sienta que no está solo, que hace falta, que es necesario. La única justicia verdadera es que no te maten las rutas, la falta de atención sanitaria, o la policía, o el paco, o el que está de paco hasta la muerte. Justicia es una escuela, un hospital, cloacas, agua, gas, electricidad, rutas, trenes, trabajo, bibliotecas, potreros, aire limpio. Eso, tan mínimo, tan banal, tan que es así y no tiene vueltas, es lo que no hay. Esas ausencias se llenan con lo que viene después, el parche menor, la cobija que no alcanza y no va a alcanzar porque meter a alguien preso no le devuelve la vida a nadie, aunque permita a los que quedan una sobrevida un poco más digna. Pero la única justicia verdadera era que esa noche los pibes que fueron a un recital de su banda preferida salieran de ahí, jugaran al amor o al sexo y llegaran a sus casas, a prepararse para la última noche del año. Después vino el juicio, su señoría, el fiscal, las medidas, los exhortos, los folios, los expedientes, los 20 años, la absolución. Hasta allí, la obviedad de un sistema que funciona después, cuando el daño ya está hecho; el viejo y argento hacer de cuenta, cuando la única manera de ser adulto es ser responsable antes del delito, no cuando sólo se puede llorar; prever para que no ocurra, no intentar buscar culpables cuando ya no hay vuelta atrás y, por sobre todo, zafar. Pero hubo un delito, fue a la justicia, hubo un fallo. Lo que más dolió, y lo vuelvo a ver y vuelve a doler, y lo pasan en el noticiero y duele y lo cuenta el diario y duele y estuve ahí, vi esas caras y dolió el pogo de la felicidad desatada cuando dijeron que los Callejeros eran inocentes. Hay en estos momentos en la cartelera porteña una obra de teatro imperdible de Tito Cossa. Se llama Cuestión de principios y la están presentando en el Teatro del Pueblo. Es un enfrentamiento entre el padre gremialista que soñó y sigue soñando dogmáticamente un mundo mejor para todos y su hija, una periodista y escritora de mucha popularidad que debe escribir un libro sobre la historia de su padre. Podría pensarse en idealismo vs. pragmatismo pero sería burdo. La sensibilidad, la inteligencia y la profundidad de Cossa hacen que Cuestión de principios dé un paso adelante por sobre el maniqueísmo del bien y el mal y llegue a plantearse algunas cuestiones que me vinieron urgente a la cabeza mientras los chicos festejaban la absolución de Callejeros. Vieron la escena, seguramente: en el tribunal decían que los Callejeros eran inocentes. Alguna gente, cercana a las víctimas, entró en shock. Sentían, lo dijeron varias veces, que la absolución volvía a matar a sus seres queridos. Afuera, algunos chicos seguidores de la banda –incluso chicos que habían estado aquella noche en Cromañón– festejaron lo que creían justo: que sus ídolos eran declarados inocentes. (No es la intención de alguien que no leyó la causa opinar sobre la certeza del fallo o no. Hay otra gente, incluso en este diario, que lo ha hecho y muy bien. Es gracioso que todos seamos directores técnicos o programadores de televisión, que tengamos la solución exacta para todos los problemas nacionales, pero acá hay 194 muertos y esas especulaciones no tienen lugar. Say no more. La sentencia aún no está firme, estamos en medio del proceso y acá hay dolor de verdad, no es para que los opinólogos se hagan un festín al grito de “¡renuncien, jueces montoneros!” como en la parodia de Capusotto. Por eso, acá no habrá disquisiciones sobre un tema jurídico que es materia de expertos). Lo que dolió es el festejo porque vi que esa alegría se paraba sobre el dolor de quienes estaban ahí nomás, a dos pasos. Y lo que es peor, entendí por qué ocurría. La enorme indiferencia sobre lo que le pasa al que está al lado tuyo es lo peor que nos deja Cromañón. Si hay una noche que debería avergonzar para siempre a los porteños, es la del 31 de diciembre de 2004, mucho más aún que la del 30 de diciembre de 2004. El 30 fue la tragedia; el 31, la indiferencia ante la tragedia. El 31 se tiraron más cohetes que el 30. Así de simple. En el momento más cruel, el momento en que cientos de personas comprendían de la manera más brutal que Emiliano, Lucía o Kevin ya no aparecerían nunca más por la puerta de la cocina, en ese momento de abismal desolación, al salir de la morgue y corroborar que aquel hijo era este cadáver, los sobrevivientes veían –¡desde la morgue!– las bengalas, los cohetes, oían las explosiones de cientos, miles de porteños a los que el dolor ajeno no parecía conmoverlos en lo más mínimo. ¿Qué festejaban aquella noche los porteños que festejaban? ¿Qué festejaban el miércoles pasado los chicos que festejaban? Viéndolos saltar, viendo el odio que enfrentó a seguidores callejeros y familiares es que recordé la imponente frase final de Cuestión de principios. Melina, la hija, interroga duramente a su padre: “¿Sabés, papá, cuál fue el error de ustedes? Nunca supieron qué hacer con la piedad”. Cromañón no tendrá justicia porque su lógica es perversamente injusta. Es la suma vergonzante de un Estado que no se hace cargo de sus ciudadanos y de los ciudadanos que no se hacen cargo del Estado. Pero Cromañón, que nunca tendrá justicia, podría, sí, enseñar. Por ejemplo, que –como nadie es solo en una isla y las campanas siempre doblan también por vos– todo acto, por mínimo que parezca, tiene consecuencias de las que uno es responsable. Y que esas consecuencias pueden ser la muerte de 194 personas. Una coima tiene consecuencias. Una coima puede matar. Pero la coima está institucionalizada. Quiero decir, es una institución nacional, con su ideología, con sus autoridades, con sus maneras. ¿Hay menos coimas desde Cromañón? No. Cromañón, que nunca tendrá justicia, podría enseñar a los rockeros y al periodismo de rock que la demagogia profunda desparramada desde los 90 para acá no fue gratis. Para no quedarse afuera, se adoptaron e incentivaron “códigos” que, desconociendo el hecho artístico, basaron su fuerza en el enfrentamiento, cuando no la aniquilación del otro. La mística de las bandas –aquellas que deberían haber rajado del cielo y no andar trepando radares militares– fue un buen plan de marketing que se glorificó para no ser sindicado como careta. Trapos y aguante –dos conceptos tan poco musicales como profundamente facilistas– desembocaron en bengalas. En las del 30 y en las del 31. Y en el pogo del miércoles. Cromañón, que nunca tendrá justicia, podría enseñar a la sociedad que ha despreciado profundamente a los jóvenes que estaban ahí adentro, que muchos de esos chicos murieron al volver a entrar a la trampa de la que habían escapado para salvar a alguien, a quien sea, a un anónimo, a un otro a quien nunca conocerían; un heroísmo del que casi no se ha hablado. Ante el dolor infinito de los familiares de las víctimas de la AMIA, Macri ratifica al Fino Palacios. Ante el panorama del hambre la presidenta Cristina dijo sonriente que su declaración jurada de bienes está en internet. Ante los tamberos que deben cerrar sus empresitas familiares el ex presidente habló de grupos de tareas. Ante las heridas no cerradas de la dictadura, Llambías elogia a Martínez de Hoz (el tatarabuelo o el que sea). Ante el miedo instalado en grandes capas de la población por el meneado tema de la inseguridad, De Narváez sonríe diciendo “tengo un plan, alica alicate”. Ante las muertes constantes en las rutas bonaerenses, el gobierno de Scioli decide una semana antes de las elecciones no cobrar las multas de tránsito en la provincia. Macri, Cristina, Kirchner, Llambías, De Narváez, Scioli bailan el pogo de la alegría sobre el dolor y el desconcierto que cubre gran parte del país. La imagen más triste es la de los chicos bailando frente a los familiares abatidos. Lamentablemente, se entiende. No hacen más que repetir la crueldad que viene desde arriba. Sería bueno si al menos Cromañón, que nunca tendrá justicia, nos enseña de una vez qué hacer con la piedad.

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