Exclusivo: Solo para hinchas de Independiente


Hay un lugar en donde se permite el delirio, la locura, la indignación, la falta de raciocinio. Para todo lo demás prefiero pensar, para jugar y para ser hincha. Es simple, se siente. No es tan importante y es lo mas importante del mundo.

Entre refuerzos carísimos y espejitos de colores

Por Eduardo Sacheri

10/03/12 – 12:18

 

¿Cuándo empieza la crisis de un club? ¿Cuándo se pone en entredicho su grandeza? Se me ocurren unos cuantos momentos posibles. Y cada vez que estoy en la cancha, masticando la bronca de una derrota nueva, me pongo a pensar dónde empezó todo esto. Uno empieza en el presente, o en el pasado inmediato. Porque, de entrada, al hincha le cuesta remontarse a situaciones pretéritas. Y la bronca se sitúa en tal o cual jugada, en esa decisión del árbitro que no nos cobró un penal claro a favor, en esa bandera levantada del lineman que nos hubiera evitado el segundo gol de ellos…

Pero a medida que bajan las revoluciones uno afina la puntería de los dardos. Y recuerda todas las chambonadas de la jauría de perros en que se ha convertido el equipo últimamente. Que las crisis tienen eso. Todos juegan un poco peor de lo que son. Y de por sí, estos muchachos que ahora tienen puesta la camiseta del Rojo no son ninguna maravilla. Si lo fueran, no estarían jugando en la Argentina. Estarían jugando en la Premier League de Inglaterra o en la Tercera División de Bielorrusia, pero no acá. Juegan en Independiente porque no han tenido suerte, o porque no les da el piné para irse a Europa, o porque no les da el piné para quedarse allá, y están de vuelta.

Y eso lleva nuestra frustración a un nuevo nivel. Porque alguna vez el tuyo fue un equipo poderoso. Un equipo que podía permitirse contratar y conservar grandes jugadores. Y ahora no hay un mango. Y mirás alrededor y no lo podés creer, porque tenés un estadio precioso o –en sentido estricto– una hermosa obra en construcción, que alguna vez será (¿alguna vez será?) un estadio precioso. Y te preguntás cuánto puede haber salido semejante estadio, y lo relacionás con las últimas ventas de jugadores que recordás. ¿Cuánto pagaron por el Kun Agüero? ¿Y si le sumamos al arquerito Ustari? ¿Y si le agregamos al goleador Denis? ¿Y cómo es posible que con semejante cantidad de guita la cancha esté por la mitad, y el plantel sea mediocre, y tengas un pasivo que te eriza los pelos de la nuca?
Y te crece la sensación de que te hicieron el cuento del tío, o que te vendieron espejitos de colores, o que redondamente te chorearon. Y mientras seguís esperando que abran las puertas del estadio tu bronca pasa al siguiente peldaño. Y te acordás de tu viejo, que te explicaba que lo mejor que tenía Independiente no eran los jugadores, ni las copas, sino los dirigentes. “Un montón de gallegos honrados que manejaban el club con una libreta de almacenero”, decía mi viejo, y se le notaba el orgullo.
Y vuelve la pregunta. ¿Dónde empezó la crisis de tu club? En una de ésas fue en los noventa, cuando el dinero de la televisión irrumpió con el estilo propio de la tele: prepotente, arbitrario, humillante, injusto. Mal repartido, en beneficio exclusivo de los más grandes. Y concluís que nos vendimos por monedas, pero bien vendidos. Y aceptamos abandonar los domingos a la tarde para dejar el terreno libre para Boca y para River. Y aceptamos que se nos pagase un dinero que no guardaba proporción con nuestra cantidad de socios y de hinchas. Y en la desesperación por ganar un campeonato aceptamos una tómbola de jugadores carísimos, malísimos o cuasi retiradísimos (entre los rostros que uno evoca puede destacarse, tal vez, el del chileno Sebastián Rozental, casi medio millón de dólares por ocho partidos sin goles).

Y nos endeudamos, por supuesto. Con el verso neoliberal de que las deudas significan capitalización y crecimiento, le pedimos guita a Dios y a María Santísima o, mejor dicho, al dios doméstico del poncho y el anillo. Y nos convertimos en levantadores de manos, en aplaudidores sumisos, en asentidores imperdonables de la siniestra kermés del descalabro.

Mientras los visitantes se terminan de ir, mientras se alejan de la cancha, mientras tus hinchas se agolpan en los accesos esperando que, de una vez por todas, la policía abra las puertas, a vos te viene a la memoria una canción de Alfredo Zitarrosa. Esa que dice “crece desde el pie”. Y vos, hundido en la impotencia, te preguntás cómo no lo viste venir, cómo no fuiste capaz de hacer algo. De hacer qué, te interrogás. Algo. Algo que desde atrás de las derrotas y los jugadores de medio pelo, y jugar a cualquier hora de cualquier día y los concursos de acreedores y la cancha sin terminar y las ilusiones perdidas y el pasivo que crece y el peligro del descenso y ese muchacho que no puede pegarle con las dos piernas porque a duras penas maneja una y las oportunidades perdidas y los clubes chicos que empiezan a tenerte de hijo y la confusión y el tedio y la vergüenza, te permitiera evitar que el Rojo se te llenara de malezas, de yuyos que a esta altura te tapan casi todo.

Y cuando te ponés de pie y enfilás hacia la salida, tu hijo se da vuelta y te pregunta contra quién toca la próxima fecha de local. Y mientras sacás cuentas, y bajás los escalones, te vuelve la canción de Zitarrosa. Y pensás que si las cosas malas crecen desde el pie, las buenas también. Como esa pared que “crece derechita”, de la letra de la canción. Y en una de ésas el futuro de Independiente arranca con un club manejado por gente honrada (por Dios, Cantero querido, no me desilusiones, te lo pido por lo que más quieras), y una buena libreta de almacenero.

*Escritor, hincha de Independiente.

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