Sobre #ParitariasPrensa ¿Qué periodismo buscamos?


 

 

El problema de la prensa en general  y de los periodistas en particular es ese fundamentalismo torpe por los nombres propios. Si algo nos dejaron los años noventa en materia de comunicación es la sobrevaloración de los nombres propios y de la profesión. Una profesión que no dudo un instante en tomar el espadín de la justicia y sin medir consecuencia se puso a impartirla sin saberse justos.

Cuando allá por 1992 la intrascendencia de la política empezó a hacerse notoria, algo que el propio Alfonsín leyó por el fin de sus días como presidente,  una serie de comunicadores que impulsados por la virtud, un simulacro de valentía y algo de esperanza resolvieron tomar la posta del poder y ningunear cualquier otra forma de organización. Entonces se exacerbó hasta el hartazgo el cinismo, la parodia, el absurdo al que los políticos de turno en el poder.  Políticos que alimentaban diariamente ese absurdo con conferencias de prensa al estilo jugadores de futbol en la puerta de sus edificios o en la salida de partidos de tenis.

Rápidamente los diarios y las revistas de actualidad se propusieron apostar por las firmas. Columnistas invitados. Contratapas interesantes de gente notoria y premiada. Investigaciones periodísticas que no avanzaron nunca en la justicia ordinaria pero que enmarcaron a quienes las realizaban. Largas entrevistas en donde las preguntas siempre eran mas largas que las respuestas. Historias de gente común que accedía a tecnología, al primer mundo y a Brasil. Historias de vendedores de seguros que rearmaban sus vidas rearmando el negocio, historias de negocios y de negociados en donde quien los publicaba se iba transformando en el protagonista de esas historias. Mucho ruido, pocas nueces.

 Para el tiempo de relecciones, cuando aquella década promediaba su mitad de ciclo, ya una parte importante de la sociedad había descubierto que el periodismo era el único capaz de poder establecer algún tipo de orden, algún tipo de equilibrio en el desorden general en que estaba envuelto el país y del que unos pocos se percataban claramente.

Cuando se repite cien veces – “este tipo roba” – las ultimas cincuenta veces, por lo menos, ya carecen de significado. Las denuncias por corrupción, siempre mediáticas, no pudieron acallar el clamor general por los discursos apenas comprensibles de Carlos Menem, los millones que regalaba Susana Gimenez desde los nuevos teléfonos privatizados o el desparpajo con el que los sindicalistas no hablaban de lo que debían hablar.

Fue cuando un sector de la prensa, los que pusieron alto precio a su nombre, cometieron el peor de los pecados. Se volvieron avaros. Y ya no alcanzaba con el clamor popular, ni con firmar autógrafos a la salida de los restorantes, ni con dar conferencias  a estudiantes de comunicación o de peluquería o de historia o de educación física de distintas universidades. No les alcanzó. Decidieron también ser las universidades, ser las escuelas, los pasillos, las pintadas y las pancartas. Dicidieron ellos, los que armaron TEA, los que armaron ISEC, los que armaron ETER que las futuras firmas serían elegidas por su elegida mano. Ahí donde la escuela pública se iba resignando, quienes la defendían a los cuatro vientos fabricaron micro instituciones con rápida salida laboral que casi inmediatamente se llenaron de estudiantes con buena voluntad, algo de virtud y cierta esperanza que anhelaban poder quitarle la mascara al poder y sentir que la justicia llegaba desde los diarios, las radios y la televisión y desde sus propias manos. También el buen vivir llegaba desde la televisión y la radio y los diarios. También la fama y el codeo con los famosos de la época. Entonces la avaricia los encegueció, mientras más buenos y más progres, más se iban enterrando afuera de las historias que pretendían contar.

Ahora cuestan mucho, las firmas y los nombres propios mantienen el mismo precio pero ya no tienen el mismo valor. Por eso las empresas de medios dicen no poder sostener una estructura para realizar un periódico sin publicidad oficial. Por eso, porque es caro para una empresa tener diez grandes firmas y cien empleados dignos, es que tienen ocho grandes firmas y cincuenta empleados indignados. Con bajos salarios, pocos recursos, sin internet en sus oficinas. Y reclamando por  que no funcionaron.

No imaginan, los empleados de medios, los asalariados de culo gordo que trabajan de periodistas como si fueran costureras que existen otras maneras de establecer comunicación, que ha llegado el momento de dejar de llorar en empresas que siempre buscaron su plusvalía. Que no pueden permanecer enojados porque los juegos de los grandes salieron mal y ellos, chiquitos, se van quedando afuera.

Por eso apoyo el reclama de #Paritariasprensa pero no estoy de acuerdo que sea el reclamo que hay que hacer. Estoy de acuerdo con aplaudir en la frente a Magnetto o Spolsky aunque importe poco ese aplauso.   No me parece que el reclamo alcance. Al contrario, me parece que el reclamo justamente viene a legitimar años de silencio laboral.

Nos hicieron creer que había que dejar de creer en las utopías, nos las cambiaron por expectativas, de lo posible.

Anoche soñé que en medio de los aplausos de Clarín todos se levantaban de sus asientos, todos se levantaban de sus sillones cómodos con café cómodo, con agüita para el mate a la temperatura justa, soñé que se levantaban y se iban, que todos se iban a juntarse en plazas, en talleres, en bares, se iban y el diario no podía salir porque los periodistas habían decidido hacer otro, propio, con sueldos mas o menos similares de acuerdo a las funciones y la calidad del trabajo.

Soñé que los chicos de Libre, en vez de pedir que no les cierren la puerta para ir a jugar se levantaban y se iban con los de BAE, con los de Perfil, con los de Infobae.com, con los de diario Popular que sumaban en su marcha a los maltratados de Crónica, los de Tiempo Argentino y Miradas y CN23 de Spolsky. Que se organizaban en torno a los hipnotizados de Página, con la gente de La Nación y El Cronista.

Soñé que los noteros dejaban el teléfono de Mitre, la Red, Continental o Radio Diez y trasmitían la información desde FM la Tribu, La Bemba o Radio Nacional, y que armaban asambleas a los gritos mientras organizaban comisiones para cobrar los subsidios y negociaban con las empresas que aportan publicidad estableciendo con certeza los costos para que todos puedan tener una buena vida. Soñé que desde las redacciones en vez de aplaudir y pedir un 30 por ciento de aumento, los periodistas se juntaban a definir ¿qué es el periodismo? y se juntaban a armar diarios nuevos sin la competencia de Clarín y sin otras competencias  de las firmas viejas que quedaron tan atrás en el tiempo.     

Soñé que las redacciones quedaban vacías, que no había quien llenase las hojas en blanco y que los diarios no saldrían, no esos diarios, no estos diarios sino otros, unos en donde la mayoría pueda contar lo que pasa porque en definitiva difundir no es militar. Difundir es contar todo lo que el poder quiere que se cuente, pero también lo que el poder pretende no contar.

Cuando el periodismo decidió tener precio, cayó en la trampa de la competencia por el consumo. Y lo que se consume como el arroz, el café o un pantalón rara vez tiene en cuenta la calidad por sobre las ganancias. El periodismo no debería ser un bien de consumo sino  todo lo otro y todo lo contrario. Como dice mi hija de cinco años.

–          Viste pá, cuando quiero puedo.

 

ImagenSobn

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2 comentarios en “Sobre #ParitariasPrensa ¿Qué periodismo buscamos?

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