Volver de a poco.


Yo crecí en un pueblo y digo crecí porque evidentemente no nací ahí, no fui de ahí por mucho tiempo. 

Llegue los primeros años en los que uno empieza a recordar y a olvidar.La primaria es la gran escuela en la que uno forja una identidad, una historia que a uno lo convence o lo deja en paz. Esa identidad que se me fue instalando es la que en casa, madre y padre le decían el sentido común, lo normal, lo que hay que ser y hacer para no quedarse fuera gritando como un desolado ante la ausencia de comprensión.

Crecí en un pueblo obsesionado por la vida de los otros, pero también en un pueblo en donde la amistad era un lugar del que uno no se puede escapar, ni correr, ni olvidar. 

Torcer los destinos, hacerse cargo, cambiar, girar, es propio de negarse a uno mismo o en el mejor de los casos, de reencontrarse. 

Mis padres llegaron al pueblo en que crecí en esa época de la vida en la que uno empieza a recordar y a olvidar. Todavía recordamos tardes y noches de verano repleto de turistas en una plaza llena de rosas y me perturba la busqueda laberintica de aquello que no queda en la memoria común de los hombres pero que nos hace ser quienes somos, llorar por lo que lloramos y pelear por lo que peleamos. 

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